Mozart – El amor en su estado puro: Cherubino

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Noelia Ibáñez – Vitoria-Gasteiz (Spain) | 2015
El 1 de mayo de 1786 se estrenaban Las Bodas de Figaro en Viena, ópera compuesta por el inigualable W.A Mozart. A pesar de la polémica que causó dicha ópera en su época, hoy en día se trata de una de las mejores obras que nos ha dejado este gran compositor, siendo una de las óperas más puestas en escena de todos los tiempos. Destaca su importancia dentro del mundo musical-vocal, tanto a nivel técnico como dramático.

Pero, ¿qué ocurre en Las Bodas de Figaro? Queridos lectores, simplemente ocurre el amor. Pido disculpas de antemano si me voy demasiado por las ramas, procuraré no hacerlo. De todas formas este será un tema del que hablaré muy a menudo, tratándolo punto por punto. Mozart fue siempre un «buscador del amor». En sus cartas escribía:
«Ni una inteligencia sublime , ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas hacen al genio. Amor, amor, amor. Eso es el alma del genio»
W. A. Mozart (1756-1791)
Y eso es lo que plasmó en Las Bodas de Figaro: Una pareja de sirvientes (Susanna y Figaro) que esa misma noche han de casarse. Ella descubre que el derecho feudal otorga al patrón (El Conde) el placer de pasar con ella la noche de bodas y no a su prometido. Entre tanto, la mujer del conde (La Condesa), desesperada, no sabe qué hacer para recuperar el amor de su marido y, rompiendo con toda regla y formalismo social, recurre a su fiel sirvienta, Susanna, para que le ayude a llevar a cabo una farsa contra El Conde y descubrirle así en su cortejo a Susanna. Así es como planean un encuentro esa misma noche con él en el jardín del palacio, citándose Susanna y el Conde, aunque en realidad acudirá La Condesa vestida de Susanna para engañarlo. Por su parte, Susanna vestida de La Condesa, acudirá con Figaro para probar su fidelidad. El Conde es desmascarado y ruega a la Condesa que lo perdone. Ella, con dolor, lo perdona haciendo referencia a su amor por él. El derecho feudal queda abolido y las bodas se celebran.
Hay dos ideas fundamentales que causaron un gran revuelo en su día: la primera es el hecho que en esta ópera los personajes, a pesar de pertenecer a clases sociales diferentes, son igualados moralmente y musicalmente. El simple hecho de que la Condesa recurra a su sirvienta pidiéndole ayuda era algo inaudito en la época, La segunda es el sorprendente acto de perdón de la Condesa hacia el Conde, que conduce a un acto de fraternidad entre todos los personajes. Son ideas que estallarían tres años después con la Revolución Francesa.
Pero de lo que pretendo hablar es de un personaje peculiar que pulula en toda esta ópera dándole vida y gracia: Cherubino. Un paje, servidor en el palacio del Conde, que se dedica a flirtear y jugar con todas las mujeres que encuentra y estando a su vez perdidamente enamorado de la Condesa. Se trata de un adolescente que aún no ha descubierto su sexualidad, es por ello que, siendo un muchacho, es interpretado por una mujer, una mezzosoprano. Muchos musicólogos comentan que Las Bodas de Figaro no serían lo mismo sin esta pequeña criatura revolviéndolo todo por el escenario, contagiándo a los demás personajes de su júbilo y su inocencia.
Cherubino representa la idea del amor en su estado puro, que aún no ha sido manchado por el hombre o distorsionado por las circunstancias o, como muestra la ópera, convenciones y status sociales. Y es que Cherubino no entiende lo que le ocurre. No entiende lo que siente, de dónde viene esa fuerza interior, ese fuego que lo convierte en hielo, ese ardor, ese dolor, esa alegría, esa tristeza… esa soledad. Y aún así, le gusta ese dulce sufrimiento. En el aria «Voi che sapete» que canta para la Condesa dice:
«Ustedes que saben qué es el amor,
señoras, miren si yo lo tengo en el corazón.
(…)
Sospiro y gimo sin querer,
palpito y tiemblo sin saber.
No encuentro paz
ni de noche ni de día.
Pero en verdad me gusta
sufrir así»
 
Y en el aria «Non so piú», cuando realiza su primera aparición en escena, se confiesa a Susanna diciendo:
«Ya no sé quién soy ni qué hago,
ahora ardo, luego soy hielo,
todas las mujeres me cambian los colores,
todas las mujeres me hacen palpitar.
(…)
Hablo de amor despierto,
hablo de amor en sueños,
hablo de amor con el agua, con la sombra, con los montes,
con las flores, con la hierba, con las fuentes,
con el eco, con la brisa, con el viento…
para que ellos lleven el vano significado de estas palabras.
Y si nadie me escucha… ¡hablo de amor conmigo mismo!»
 
Cherubino es el primer rol completo que he estudiado, y es el rol con el que, sinceramente, me gustaría debutar. Al trabajarlo, al cantarlo, necesitas entrar en su piel… y lo que sucede ¡es magia! Cherubino te transporta al más recóndito rincón de tu alma, allí donde creías que ya no podías existir: aquel rincón dónde aún no te habían hecho daño. Necesitas conectarte con la alegría de vivir, con la energía que nos une a todos, que no es otra que el amor. Cherubino habla de amor sin artificios, del amor inocente y gratuito. Ese sentimiento que te tiene en un sinvivir, en una incertidumbre interna que a la vez resulta placentera porque hace que te sientas vivo: «Pero en verdad me gusta sufrir así».
 
La primera vez que comencé a trabajar Cherubino, tras estudiar al personaje y la primera aria me dije «hay que ser siempre Cherubino». Normalmente cuando amamos, esperamos ser amados. Por no hablar de la tendencia de hoy en día de confundir «necesidad» con «amor». Pero este entrañable personaje no espera nada a cambio, pues todo lo que necesita ya está en él: tiene el don del amor. Un sentimiento, una sensación que le desborda; un don que le proporciona el gozo de sentirse vivo; la belleza de simplemente existir.
Hoy, una de mis frases «moto» sigue siendo «hay que ser siempre Cherubino». Realmente hay que serlo, porque, el día que no lo seamos, no sabremos para qué vivimos. Os dejo con una grabación, es algo antigua… llevaba sólo un año cantando y era la primera vez que interpretaba públicamente una de las arias de Cherubino.

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